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Cuando proteger la cosecha vale más que la vida del jornalero

Foto del escritor: Ramiro Cazarez
Ramiro Cazarez
17 sept
2 min de lectura

Hay imágenes que se clavan en la memoria y duelen por la costumbre de verlas. El surco abierto, el sol cayendo a plomo, el hombre cargando la bomba de fumigación a la espalda y el cuerpo —solo cubierto por una camisa de manga larga gastada, sin mascarilla, sin guantes, sin nada— recibiendo la brisa tóxica de los agroquímicos.


Se repite la escena hoy, se repitió ayer y se volverá a repetir mañana bajo la misma y fría excusa de siempre: que el equipo de protección es costoso, que incomoda para trabajar, que "así se ha hecho toda la vida".


Las imágenes captadas la mañana de este jueves 17 de septiembre, en una parcela ubicada sobre el entronque del Canal lateral 18 y la carretera México 15 en Los Mochis, muestra como ante la misma necesidad del trabajador, no le importa poner en riesgo su vida, pero sí el riesgo a perder su trabajo si le reclama al patrón, por no darle una vestimenta adecuada así como su equipo de protección.


Esto no lo podemos ver como una tradición, sin como una negligencia. Es una condena silenciosa que se maquilla de productividad agrícola.


Enviar a los trabajadores a fumigar sin protección adecuada es jugar a la ruleta rusa con su salud. Los pesticidas y agroquímicos modernos están diseñados para matar plagas con una eficiencia brutal, y cuando entran al cuerpo humano sin una barrera de defensa —a través de la piel, por la nariz, en cada bocanada de aire—, hacen exactamente lo mismo: destruyen por dentro. Empieza con un dolor de cabeza sordo, náuseas que se confunden con cansancio, mareos pasajeros, y se convierte con los años en insuficiencia crónica, daños neurológicos irreversibles o cánceres que nadie estadísticas termina por registrar con justicia.


Se repite el ciclo del abandono: exigimos cosechas perfectas, frutas impecables y verduras baratas en la mesa, pero ignoramos deliberadamente el precio humano que se paga en el surco. Se repite la indiferencia de quienes mandan a fumigar desde la sombra, sentados y seguros, mientras el trabajador absorbe el veneno por jornal.


¿Hasta cuándo seguiremos midiendo el éxito del campo en toneladas producidas mientras se acumulan los cuerpos silenciosamente intoxicados? Proteger al trabajador no debería ser un lujo opcional ni un requisito sindical burocrático; es una deuda elemental de humanidad que este campo nuestro sigue negándose a pagar.


¿Qué acciones concretas crees que se deberían implementar con urgencia para frenar esta falta de protección en los campos de cultivo?

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