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“DIOS MÍO, NO PUEDE SER QUE MI VIDA SEA TAN DESDICHADA”…

Con un nudo en la garganta, doña Nicéfora de origen oaxaqueño, cuenta como ha logrado sobrevivir los últimos 18 años de su vida, desde que llegó junto con un grupo de jornaleros agrícolas que venían del sur del país, a establecerse en un monte, en un ramal, hoy conocido como el sector La Laguna, ubicado a espaldas de la sindicatura de Adolfo Ruiz Cortines 2, Guasave…


Por Ramiro Cazarez / Fotos: Guillermo Juárez

 

La Laguna, Ruiz Cortines, Guasave.- 200 familias, 200 historias, de quienes viven diariamente un verdadero calvario, por sobrevivir en una pobreza extrema por más de 18 años, sin agua, sin drenaje y sin energía eléctrica.


Son hombres y mujeres indígenas, hoy de oficio jornaleros, quienes dejaron sus pueblos natales en los estados de Oaxaca, Guerrero y Chihuahua, para buscar el sustento y una mejor calidad de vida a la que tuvieron cuando eran niños… desde entonces, todo ha sido igual o peor.


En este lugar, rodeado de tierras agrícolas, la casa más protegida está hecha a base de trozos de lámina negra, y pedazos de madera. Hay otras hechas de cartón, de ramas, de plástico, con brazos de árboles, todas estas, con piso de tierra seca.


Llegamos a este lugar, el pasado 27 de noviembre, ahí nos recibió doña Nicéfora González, así como 40 personas más, con historias similares. Niñas, niños, bebés de meses, mujeres adolescentes que desde los 14 años, corren el riesgo de salir embarazadas.  

 


“Aquí la mayoría cuando llegamos, empezamos en el monte, en un ramal, empezamos a armar nuestras casitas, con pedazos de lo que nos encontráramos, desde hace más de 18 años, y desde entonces hemos buscado la ayuda que hasta hoy, no nos ha llegado, de esta situación tan difícil que tenemos”, nos dijo doña Nicéfora.


Durante el recorrido que hicimos por algunas casas, nos percatamos que de todo lo que nos expresaban, era cierto y había más. Si se enferman de una gripa, pueden morir hasta de neumonía, casi no hay adultos mayores en La Laguna, por fallecer a corta edad y lamentablemente, hay una comunidad de niñas y niños huérfanos, muy grande.


Nicéfora tiene 52 años de edad. A decir de ella, ha tenido una vida difícil, llena de tristeza y a pesar de todo, no pierde la Fe en Dios.


Es en el momento en que decidimos retirarnos, luego de haber documentado todo lo que vimos y escuchamos de estas personas, cuando entra un desespero en ella: “Ayúdenos, ayúdenos, ayúdenos por favor, yo salí de mi casa allá en Oaxaca hace 32 años, me quede sola con mis tres hijos, ha sido un calvario el que nosotros hemos vivido, hubo veces que no podía caminar, me quedaba parada, viendo, sin ayuda, hubo árboles que nos protegían de la lluvia, de los vientos, y es cuando decía, Dios mío, no puede ser que mi vida sea tan desdichada, desde que tenía 19 años me quede sin papá, no tengo mamá, he batallado mucho”, expresó con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos.


 Contó que cuando sus hijos estaban pequeños, muchas veces no tenía ni para comerse un taco. “Yo escuchaba la pancita de mis hijos chillar, me daba mucha tristeza que mis hijos sufrieran por hambre, cuando nos iba bien les daba una sopita para que les cayera algo”, lamentó.


Nicéfora está decidida a luchar por su gente, por eso ruega por ayuda, que no la dejen de la mano, ya que ha sido mucha humillación por todo lo que han pasado y vivido.

“Entre más pobres nos miran, más nos humillan, porque si tuviéramos dinero estoy segura que nos ayudaban, nadie quiere hacer un paro a nadie, estoy dispuesta apoyar, si tengo que tirarme al mar a busca una piedrita, lo voy hacer porque creo que tenemos derecho a vivir mejor”, dijo.



Todos coinciden en las peticiones básicas a la que todo mexicano tiene derecho por Ley. También coinciden en que lo que ganan en el campo, ya no alcanza para ayudar a sus hijos con la educación, consideran que por haber nacido pobres, no tienen derecho a nada, menos a una casa digna.


“Cuando se viene la lluvia, nuestros hijos aquí juegan con el lodo y el agua, ellos ni siquiera conocen un juguetito, son felices con nada, pero lo que no entienden es porqué les da hambre, porque no pueden llenar sus pancitas, eso es doloroso y triste para uno como madre”, señaló. 



En la casa de don José Ceballos, había una fogata de leña donde tostaba dos pedazos de tortillas, su casa, hecha a base de trozos de madera y lámina. “Aquí nadie se acerca a ayudarnos, tenemos que jalar el agua con una manguera para todos desde varos metros, imagínese no tener agua”, comentó.



Pegada a esta casa, vive la señora Yolanda Montoya, quien dejó de trabajar por problemas de tiroides. Apenas puede hablar, no recuerda ni cuántos años tiene, ni cuándo nació, sobrevive con lo poco que le pueden brindar las demás familias.



Unos metros más, un joven de 19 años, Rodrigo, no tuvo la oportunidad de estudiar ni la primaria, lo único que lamenta ese día de nuestra visita, fue que el camión se regresó con él y todos los jornaleros agrícolas pues no hubo corte y por lo tanto, no hubo un pago con lo que pudiera sobrevivir ese día.


“Si quisiéramos regresarnos a nuestros pueblos, con nuestros hijos, tendríamos que pagar mil 500 por cada uno, imagínese los que tienen 3 o 4 hijos, y aparte sin saber cómo nos pudiera ir allá, igual o peor”, dijo otra de las personas en ese lugar.


Agradecemos a Camelia Anaya Bojórquez, Coordinadora Estatal Municipal por el Derecho Humano a la Vivienda y la Reserva Territorial, por la invitación a este lugar a conocer las necesidades reales de estas 200 familias.


El Sistema DIF Estatal, se comprometió a incluirlas en un censo para hacerle llegar despensas y ser entregadas personalmente sin intermediarios. La Secretaría de Bienestar en Sinaloa que dirige María Inés Pérez Corral, está revisando las posibilidades de ayuda en las necesidades básicas y esenciales, que son el agua, drenaje y energía eléctrica.







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